Un sudario (Pre-Textos, 2015) es el séptimo poemario de Rafael-José Díaz (Tenerife, 1971). Un libro en el que hace cuentas con su historia “llena de costuras y cicatrices” y con la historia reciente, la de la crisis, “una nueva dimensión de la miseria y la desolación”. Esta semana lo presenta en Madrid el escritor Luis Antonio de Villena. El libro lleva dos meses en la calle y ya ha sido comentado por sus lectores. Isla distópica habla con él en esta entrevista por correo electrónico.

rafael-josé díaz

Un crítico escribe“No es un sudario que envuelve la muerte sino un retrato que muestra la vida (el sudor del que vive)”. ¿Es así?

El libro es una especie de decantación de una época de mi vida. Espigué poemas escritos en circunstancias y lugares diversos y compuse algo así como un mapa de las vivencias experimentadas en aquellos años. Son los años de la primera madurez, en la que se prolonga como un eco cada vez más desvaído el recuerdo del final de la juventud. El retrato que ofrezco está, necesariamente, lleno de costuras y cicatrices, de huecos que se abren entre unos textos y otros, huecos que habría quizá que intentar leer y que, me parece, desprenden a veces aromas de ausencia, todo ese peso muerto de lo que ha desaparecido. Decaemos y nos levantamos, nos perdemos y sobrevivimos, enfermamos y nos recuperamos (o todo lo contrario), y en esos intersticios, en esos apartaderos de la vida se va fraguando lo esencial, lo que a veces no percibimos conscientemente a medida que vivimos pero que aflora en esos raros ejercicios de lucidez y de “videncia” a los que llamamos poemas.

Dicen que tu lenguaje se ha ido desnudando a la vez que complicando y que tu poesía es una poesía que piensa, pero que no se reduce a ideas. ¿Puedes hablar de estas dos definiciones?

Entiendo entonces que la desnudez es complicada… Y es posible que, si entendemos la desnudez (la del poema o la del cuerpo) como el más radical de los acercamientos al origen, a la elementalidad de la naturaleza, se entra de algún modo en la complejidad de ciertos ritmos y de ciertas imágenes que no tienen traducción inmediata en el mundo de las palabras. Quizá en este sentido desnudar el lenguaje implica entrar en territorios que colindan con la mudez y con el balbuceo, es decir: territorios herméticos, de difícil interpretación o de gran ambigüedad. No sé si estoy aclarando algo el sentido de esta primera definición que, con mayor o menor razón, se ha aplicado a lo que escribo. En cualquier caso, sí me parece importante añadir que, en mi caso, escribir implica tantear en la oscuridad y que cuanto más desnudo y despojado se esté tanto mejor se podrá atravesarla.

En cuanto a la segunda definición, creo que “pensar” en un poema consiste sobre todo en mostrar una serie de elementos plásticos impregnados de enigma y hacer que dialoguen entre sí, en medio de la oscuridad, para ver qué puede desprenderse de ese diálogo. Las ideas como tales tienen poca cabida en mis poemas, seguramente porque acabarían aplastando la masa indefinida de sensaciones que es anterior a las ideas y que es el material del que nacen los poemas.

Sobre tu obra escribe el profesor Francisco-Javier Hernández Adrián: “lenguaje, imaginación e íntima verdad”. ¿Hasta dónde te ha llevado esto en Un sudario?

La poesía es de algún modo un instrumento de autoprotección. Escribir poemas es a veces como construir una coraza que te protege de lo que hace daño. Lo que hace daño con frecuencia se encuentra en nuestro propio interior. Por eso, al escribir un poema, inconscientemente, estamos curando una herida. Para curarla hay que, primero, exponerla, hacerla visible, tomar consciencia de ella; luego, debe limpiarse, acaso con palabras impregnadas de sueños, de deseos traídos de otros mundos o épocas, de realidades alternativas a las vividas. Entonces, cuando la herida está lo suficientemente limpia e interiorizada, se la cose con lenguaje, con esas cuerdas o hilos invisibles de los que hablé hace algunos años. El poema, el libro, es el resultado de este proceso. Y el sudario resulta ser también el mapa o depósito de todas las cicatrices.

Al poeta que empieza: que lea mucho, que guarde lo que escribe, que lo relea con el paso del tiempo, que destruya a medida que reescribe, que siga leyendo y que, con el paso de los años, cuando tenga un libro hecho y derecho, pruebe suerte en alguna de las buenas editoriales de poesía que publican en España. Que huya de las editoriales canarias como de la peste.

Lo cotidiano en tu poesía y la búsqueda absoluta de libertad formal hacen de ti “un poeta impredecible”, escribe Hernández Adrián. Háblame de esto.

Agradezco a Hernández Adrián que me haya definido como “poeta impredecible”. ¡Pero es que la poesía tendría que ser siempre lo absolutamente impredecible! De sorpresa en sorpresa: ese es el único modo que concibo de leer un libro de poemas. La introducción, en mis libros anteriores y en Un sudario, de lo que Barthes denominó “fragmentos de un discurso amoroso”, y también de numerosos guiños a momentos y lugares cotidianos, tiene que ver sobre todo con la necesidad de que la poesía pueda hablar sin tapujos de cualquier cosa. Al mismo tiempo, necesariamente, no podrá haber ninguna cortapisa formal para un lenguaje que se quiere absolutamente libre. Pero esta libertad es algo que se va adquiriendo en un largo proceso que tal vez no se cumple nunca del todo: lo que cuenta es esa aspiración a la libertad total, al libérrimo aliento del poema.

 

¿Qué te gustaría que quedara rondando al lector después de leer Un sudario?

Los poetas no escribimos con ninguna intención determinada. Cada lector percibirá lo que lee desde su propia experiencia individual. Lo que cada uno pueda sentir, recordar u olvidar después de leer un libro como Un sudario es personal e intransferible, como suele decirse. Al poeta le basta con haber sido la correa de transmisión entre una emoción desaparecida y otra emoción desaparecida.

ub. la cruz del sur

La próxima semana presentas el libro en Madrid. En noviembre lo hiciste en Gran Canaria y en Tenerife. ¿La vida de un libro necesita estas promociones?

Cuando se tiene la suerte de publicar en una colección como La Cruz del Sur, de la editorial Pre-Textos, la vida del libro está absolutamente garantizada por la espléndida distribución y la fidelidad de determinados lectores a colecciones de tanto prestigio como esa. Es importante, sin embargo, que el autor mime un poco la aparición del libro y lo dé a conocer en la medida de sus posibilidades. Las presentaciones en Tenerife y Gran Canaria fueron sobre todo una gran ocasión de volver a ver a muchos amigos, y lo mismo ocurrirá, espero, con la próxima presentación en Madrid.

Con los tiempos que corren, ¿poeta a tu pesar? o ¿poeta a pesar de todo?

A veces me pregunto qué hubiera sido de no ser poeta… Ser poeta es preguntarse un día tras otro para qué sirven las palabras, responderse primero que no sirven para nada y responderse después que las palabras son fundamentales. “Escribe, escribe, escribe”, le dice Ossama Mohamed a la joven cineasta kurda en Silvered Water, Syria Self-Portrait, el estremecedor documental sobre la guerra de Siria. Pues, le dice, si no recuerdo mal, las palabras, como las imágenes, sirven para contar las historias y no desaparecer del todo. En esa disyuntiva, que es la de una vida en el borde, la del lenguaje en el límite, el poeta lo es a pesar de sí mismo o, como dijeron Góngora y Manuel González Sosa, “a pesar de los vientos”.

¿Eres el mismo poeta ahora que antes de la crisis? ¿Cómo te ha afectado, cómo afectó a tu poesía?

Nos ha afectado en alguna medida a todos, creo. La poesía es también el termómetro de una época. Hay en Un sudario un poema, “Retrato”, que es la descripción de un ser devastado, venido a menos, reducido a un espectro de sí mismo, mero generador de residuos y babas, casi un animal aprisionado en una ciudad de ceniza y de hambre. Es, no lo negaré, una especie  de autorretrato que también hubiera podido titular “Retrato de poeta en tiempos de crisis”. La extraña indeterminación de nuestras conductas, la espectralidad de nuestras relaciones con los demás, toda una nueva dimensión de la miseria y la desolación: especialmente la segunda parte del libro, escrita mayormente en Madrid a partir de 2008, está impregnada de crisis en el sentido más amplio de la palabra.

¿Has notado impacto en la vida cultural insular?

No sé si entiendo bien la pregunta. ¿Qué tipo de impacto puede causar un poeta? La vida cultural insular, me parece, es bastante impermeable a todo lo que no provenga de determinados grupúsculos que la integran y que determinan, por lo general, las tendencias imperantes y los cánones aceptados. El poeta es un lobo estepario, una oveja negra, un gato montés y un cabra loca.

En 2008 organizaste en Tenerife el ciclo de poesía ‘Paisajes, palabras, territorios. Jóvenes poetas en la isla’ para dar a conocer la poesía joven canaria. ¿Qué quedó de esto, dónde están esos jóvenes escritores?

Los seis poetas a los que invité siguen estando ahí: Isidro Hernández, Iván Cabrera Cartaya, Alejandro Rodríguez-Refojo, María José Alemán, Mario Domínguez Parra y Bruno Mesa. Varios de ellos han publicado libros nuevos en estos últimos años. Debo decir que la selección estuvo condicionada por limitaciones presupuestarias, por lo que sólo pude invitar a poetas de Tenerife. Las lecturas fueron todo un éxito, y especialmente los coloquios posteriores que se generaron. El Colegio de Arquitectos fue un marco único para debatir en qué medida los escritores, los artistas, los arquitectos y los paisajistas abordan con lenguajes diversos una misma problemática: la del devastado territorio insular. Creo que desde 2008 hasta hoy la joven poesía canaria ha tomado mayor conciencia aún de estos problemas, y determinados autores de las nuevas promociones incorporan en sus textos la preocupación por la fragilidad de nuestro territorio.

Si haces una búsqueda por internet sobre poesía insular encuentras varias cuestiones: la queja de que no hay una crítica activa, muchas antologías que no contentan a casi nadie y, en general, un ambiente de grupos cerrados y calladamente enfrentados. ¿Hay algo de eso o es una apreciación de quien lo ve desde fuera?

Grupos, camarillas, capillas, sectas… Es el pan nuestro de cada día en la poesía insular o no insular. Un poeta, por lo general, no sobrelleva bien una crítica o una parodia sobre lo que piensa que es una genialidad, es decir: su propia obra. Tampoco soporta, por lo general, que otro poeta escriba de modo diferente a como escribe él. No caigas nunca en boca de poeta, dicen. Sin embargo, observo entre las últimas promociones cierta superación de estos enquistamientos, una mayor tolerancia mutua, algo más de respeto por las críticas o las opiniones de los demás… Salvo que todo sea una calma aparente antes de que se desate la gran tormenta…

Poeta que empieza a escribir y quiere entrar en contacto con el mundillo literario insular. ¿A dónde va? ¿Dónde publica?

Si está empezando a escribir, yo no le recomiendo que publique. Le sugeriría más bien que lea mucho, que guarde lo que escribe, que lo relea con el paso del tiempo, que destruya a medida que reescribe, que siga leyendo y que, con el paso de los años, cuando tenga un libro hecho y derecho, pruebe suerte en alguna de las buenas editoriales de poesía que publican en España. Que huya de las editoriales canarias como de la peste.

Has vivido en Madrid y Gran Canaria, ¿qué da el salir de la Isla?

Da desarraigo, libertad, independencia, inestabilidad, perspectiva y una pizca de inservible e incierta sabiduría. Da, sobre todo, el sentimiento de que la isla es ese lugar al que alguna vez se puede, aunque no se debe, regresar.

Nuestros poetas: Eugenio Padorno, Arturo Maccanti, Luis Feria, Pedro Lezcano… ¿dónde están las mujeres?

Hay muchas y de gran calidad. Sin duda, hay que luchar por que su trabajo se haga más visible. Poetas como Goretti Ramírez, Tina Suárez, Paula Nogales o María José Alemán, por nombrar sólo a algunas de mi generación, forman parte de la mejor poesía escrita en Canarias en las últimas décadas.

A los profanos: ¿cómo está la poesía canaria, y la española? 

Nunca sé qué contestar cuando me hacen una pregunta como esta. Creo que vivimos un momento de renovación. Los lenguajes poéticos, tanto en Canarias como en el resto de España, están sufriendo una saludable reinvención de la que dan testimonio numerosas antologías y libros de poemas. Valente y Gamoneda, Gil de Biedma y Claudio Rodríguez, Luis Feria y María Victoria Atencia, Manuel Padorno y Carlos Sahagún. Si a todos estos poetas del 50 sumamos los de las promociones posteriores hasta llegar a la actualidad, tenemos un espectro amplísimo al que habría que sumar los poetas de lengua española de otros lugares del mundo. Así que, me parece, cualquier lector, si rastrea un poco, podrá encontrar poesía con la que identificarse y con la que emocionarse (pues de eso se trata) entre la que se está escribiendo actualmente en nuestro idioma.

Anuncios