El alcalde de Santa Cruz, José Manuel Bermúdez (ATI-CC), organizó unas jornadas para fomentar el orgullo de ser chicharrero. No entiende por qué los ciudadanos están tristes, por qué las calles están vacías. Quiere “activar la militancia” hacia una ciudad que “merece ser defendida con alma y corazón”. Las celebró en el Museo de la Ciencia y el Hombre. Un receso: a veces, el nivel de delirio es de tal magnitud que creo que estamos dentro de un relato de Dino Buzzati.

Buzzati describió al ser humano común víctima de un mundo absurdo que lo arroja a situaciones que nunca previó, imaginó o anticipó. Al leer la noticia me siento como uno de los jinetes del Desierto de los tártaros. El alcalde apela al chicharrerismo, “desde las emociones, con optimismo, con felicidad”.  Como el jinete, después de cabalgar durante años empiezo a preguntarme: ¿No es hora de volver?

Parece que no. Días después La Opinión publicó este larguísimo artículo, Razones para sentirse chicharrero en el que se detallan las características del “militante del chicharrerismo”. Lo confieso, esta no es la memoria que tengo de mi ciudad. Esta es una memoria construida desde 1983 hasta ahora. Una memoria de vuelo bajo, rasante, pobre. Decía Rafael Arozarena “ejemplo de gente que sabe hablar y sabe de lo que habla”, como le gusta al alcalde:

“Los chicharreros éramos gente con sentido marinero, que esperaba la llegada de los transatlánticos con aquellas extranjeras tan luminosas con sus brillantes Kodak colgadas al cuello. Éramos una ciudad abierta. Nos han aislado y han construido una Canarias que no tiene nada que ver con lo que realmente somos, sin personalidad, sin fuerza. Este progreso que han traído de diez años para acá ha sido engañoso y mimético”.

Esta sí es parte de la memoria de mi ciudad. Y esta:

antes de que ellos llegaran.

Vagueábamos por la Rambla, un deambular de bajo presupuesto, pero que duraba hasta las 11 0 las 12, o la 1 o las 2. A veces nos tomábamos una granizada en Marpi (que ya no está); veíamos una película en el Baudet (que ya no está), o en el Rex, que ya no está.

En el Rex vi Tiburón a principios de los 70. En el Yaiza Borges (que ya no está) vi en 1984, 1984, de George Orwell y en los minicines Charlot (que ya no están) El último tango en París. Acababa de cumplir los 18. Sólo quería aprender. El colectivo Yaiza Borges era una promesa de futuro.

Muchas tardes jugando sobre Lady Tenerife. El sol que calentaba el metal naranja, que refulgía.

Escuché a Silvio y a Pablo en la Plaza de Toros, también a los Celtas Cortos. Mucho cine al aire libre en esa plaza, con el laja ocurrente que nos hacía reír. El laja ocurrente versionaba todas las del Oeste. Ahí ví, en aquellos veranos en la calle, una mala película sobre Santanás.

En la memoria de mi ciudad están los helados y dulces de La flor de Alicante y de la Alicantina (ninguna de las dos está ya). Comprar ropa de segunda mano traída de Estados Unidos en Govinda, yo andaba por los 16. Después subíamos al piso de arriba a escuchar jazz en vivo. (Nada de eso está ya).

Fui unos meses a una academia de jazz que hubo en la Rambla, era privada, de los músicos que había en la Isla (un montón). Hermoso ya estaba en la alcaldía de Santa Cruz, les pusieron mil trabas y cerraron. Acabaron en el Puerto de la Cruz (tampoco está).

Salíamos a escuchar tocar a Familia Real, a Pablo el largo, a Fer. Eran punkis y cantaban unos temas muy locos. No recuerdo si era en el Sintra, el Sabanda o el Samoa; había tantos pequeños locales que no sé dónde estaba cual. Comprábamos LPs en Galerías Preciados, donde nos asesoraba Ginés, un peninsular que recaló por aquí y que pinchaba muy buena música en el Saxo (que ya no está). Jugábamos unos billares en el vicio y en la Tasca del abuelo (ya no están).

Había dos grandes clubes de natación: el Tenerife y el Teide. Este mandó a las Olimpiadas a Gustavo Torrijos. En la piscina municipal había un trampolín único y magnífico que diseñó Rubens Henríquez, uno de nuestros primeros arquitectos modernos. El trampolín ya no está.

Recuerdo LUVIC, la magnífica casa familiar que se construyó el arquitecto Luis Cabrera en Vista Bella. Hoy LUVIC (Luis y Victoria, su esposa) está destrozada con añadidos, escaleras y rejas. No queda nada de la potencia moderna de Luis Cabrera.

En Carnavales bailábamos en los kioskos del Poeta, del Teobaldo o del Andrés y más tarde en Matemáticas, Medicina y Farmacia. Los Talking Head, Duran Duaran y AHA. Eran los 80 y las 2 en Canarias emitía un programa magnífico con la mejor música, Vídeo Show. Nadie se lo perdía, porque eramos de Santa Cruz.

Si eras progre, tenías que ir a las fiestas de fin de año del colegio Montesory. El Mae y la Seño hicieron un buen trabajo con toda una generación de gente crítica y formada. Hoy muchos están en los nuevos partidos de izquierda. Gente interesante. El Mae nos recordó el campo de confinamiento donde el franquismo encerró a los republicanos. Está en el corazón de la ciudad, mi ciudad: Fyffes. Batalló hasta poner un monumento conmemorativo a las víctimas.

La primera vez que vi una romería tenía unos 15 años. La de San Benito. National Geographic. Santa Cruz era Santa Cruz; La Laguna era La Laguna. Me sorprendió el ritual de tirar papas y gofio. Mi madre era de San Andrés. Somos costeros.

De las idas al pueblo de mi madre, en la guagua llena de coreanos y rusos. Cuando tenía unos diez años un ruso me regaló un rublo, lo guardé un tiempo. Más grande me acercaba a la dársena para pedirles pins. Nunca sentí miedo. Al fin y al cabo, sólo eran rusos. Tuve una pequeña colección de caritas de Lenin.

Comprábamos en Sovhispan (una gran superficie comercial Soviética y Española), matrioskas, chaquetas de cuero falso y falsas alfombras persas. A un amigo que emigró a París lo pararon en la Aduana para cobrarle tasas por la alfombra. Le costó convencerlos de que no era persa, era de Shovhispan.

En 1982 Daniel Duque ganó el concurso de relatos de la ciudad con Los jardínes de Ceilán. Se agotó. Un personaje de Lovecraft aparecía en los carnavales de Santa Cruz. Todos sabíamos quién era Lovecraft. Quizá ahí, sí esa satisfacción (que no orgullo) por ser de esta ciudad y manejar los códigos del relato. Era una colección de relatos muy buena. ¿Alguien sabe qué fue de Daniel Duque después de que le suspendieran el suplemento cultural en La Opinión?

Las librerías Goya y La Isla; música en Monar y más tarde Manzana (que creció demasiado, como todo). Nada de esto está ya. Las horas muertas en el Parque García Sanabria, que tampoco está o yo no lo encuentro.

Wladimiro llorando la noche que ATI sacó la mayoría absoluta en Santa Cruz. Hoy Wladimiro tampoco está ahí, está en CC, junto a ATI. La noche que Canarias dijo NO a la OTAN. Nos echamos a la calle en una manifestación improvisada por Méndez Núñez. Recuerdo que estaba Pedro Arcila, hoy es concejal de Sí se puede en la ciudad. Bermúdez no estaba, no. Fue una noche emocionante. Nos echamos a la calle y allí nos encontramos, los vecinos de Santa Cruz felices, muy felices, porque Canarias dijo NO.

Un bareto muy poco recomendable que había frente a la Plaza Weyler. Ibámos a tomar café las noches de deambuleo. Sabíamos que era una ciudad provinciana y pequeña y que teníamos que volar, pero esas noches frescas y silenciosas, era nuestra ciudad, una ciudad preciosa.

Hablar con los amigos y hablar de todo. De arte, de literatura, de política, de futuro. Hasta las 3 o las 4 de la madrugada callejeando por una ciudad que hasta ese momento nos hacía pensar que quizá…

La ciudad parecía encerrar una promesa de futuro. Pequeño pero potente. Ahí estaba el Atlántico. O no.

A veces me acuerdo de todos esos amigos de Santa Cruz y me pregunto cómo lo llevarán.

Muchas veces creo que el Surrealismo sólo fue una válvula de escape.

 

 

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