Hoy se extraña a Rafael Arozarena; el escritor, el conversador crítico y lúcido; al Rafael Arozarena de Cerveza de grano rojo, su novela más perfecta, compleja, ambiciosa y desconocida. Se la comió Mararía, la obra menor que lo convirtió a su pesar en un totem literario insular. Hay gente que cuando desaparece hace el mundo más imperfecto. La muerte de Arozarena el 30 de septiembre de 2009 nos dejó sin un buen cable a tierra. Perdimos al intelectual comprometido, al amigo hasta la muerte de su amigo Isaac de Vega, a la mitad de Fetasa (último gran gesto de modernidad cultural en Tenerife) y a un tipo lúcido y valiente.  

Recupero esta entrevista a Rafael Arozarena. Se la hice en Diario de Avisos en 2004. Espero que disfruten de su lucidez, claridad y potencia tanto como yo. Estos días de delirante debate sobre qué es ser chicharrero, sus declaraciones sobre la ciudad que noveló en Cerveza de grano rojo son refrescantes y modernas, por esa empecinada manía suya de contar la verdad.

A los 81 años, Rafael Arozarena es, sencillamente, un hombre feliz. En su exilio voluntario de Bajamar, el escritor, nacido en Santa Cruz de Tenerife en 1923, dedica sus días a pensar, pintar, escribir [prepara su tercera novela: El señor de las faldas verdes] y contemplar sin prisas “las maravillas que me depara la naturaleza”.

Ríe sin parar Arozarena; a pesar de que en estas ocho décadas ha visto y vivido cosas sobre las que no querría volver; pero él ríe. Su humor es tan intenso y contagioso que ha logrado convencer a sus compañeros de sesión de diálisis de que ese proceso de limpieza de sangre es un intenso tratamiento de belleza. “Y hasta se ven más guapos”. El escritor tiene un secreto para tanta felicidad: “humor, curiosidad y voluntad para perder”, esa voluntad para perder que militaron los fetasianos y que reflejó en el poema Los ángeles topo.

“Se trata de no esperar nada, de no sujetarte a nada y de no ansiar nada. Al final, ves la luz”

Rafael Arozarena tenía ayer otro motivo de alegría, el profesor Juan José Delgado, que tanto ha cuidado su obra, ha seleccionado lo mejor de su poesía para publicarlo en un volumen aparecido en Ediciones K. En esta entrevista habla de lo que le gustaría que quedara de su producción (hasta ahora nueve poemarios, dos novelas y varias obras cortas), de Mararía, de Fetasa, de la vida…

– ¿Qué ha dejado fuera de esta Poesía completa?

“Todo aquello que escribí sin madurar; cuando no era poeta sino vate. Quité todos esos versos de principiante aparecidos en revistas y periódicos, lo que me separaba de la poesía que hoy practico. Es una selección para morirme dejando un concepto de la poesía que no sea el del verso”.

– ¿Cuál sería ese concepto?

“Un concepto que rozaría la modernidad, una poesía que sale del concepto poético, que es premonitoria y que encierra los temas más profundos; una poesía que no tiende a la frivolidad, que da gran importancia a los mínimos detalles, pero también a los máximos. Aunque sobre todo me gustaría que perdurara como gran mensaje pacifista. Es un gesto fetasiano, pero me gustaría salvar a todo aquel que pueda de la antipoesía que es la guerra, el hambre, la violencia, el progreso mal entendido… Todo lo molesto. Eso me gustaría; ese es mi concepto poético”.

Hay gente que ha venido a pedirme de rodillas que los haga fetasianos sin saber que el hecho de pedirlo de rodillas es ya un acto fetasiano

– Antes hablaba del gesto fetasiano. ¿Qué es exactamente ser fetasiano?

“No se puede ser exactamente fetasiano. Y esa es una conclusión a la que llegamos los fetasianos después de arduas conversaciones [Isaac de Vega, Rafael Arozarena, José Antonio Padrón, Francisco Pimentel y Antonio Bermejo]. Es complicado de explicar, a nosotros nos llevó más de ocho años de discusiones y peleas políticas, religiosas y poéticas. La conclusión fue que no valía la pena discutir tanto porque ser fetasiano es un concepto que uno saca rascando en su intimidad. No éramos siquiera el grupo de los fetasianos, porque ya lo éramos antes de conocernos. Cuando nos reunimos, pasó que aclaramos la situación de cada uno. Es curioso. Hay gente que ha venido a pedirme de rodillas que los haga fetasianos sin saber que el hecho de pedirlo de rodillas es ya un acto fetasiano”.

– ¿Dónde ha sido más fetasiano en la poesía o en la prosa?

“En ninguna de las dos. He intentado serlo, pero no lo he conseguido. Sí que hay actos fetasianos, como la inmolación de Mararía. Ese gesto que busca en último término la purificación de la belleza, es un acto fetasiano. Esa sublimación… En la poesía también hay gestos, pinceladas. Pero lo fetasiano es imposible de atrapar. Yo creo que uno es fetasiano únicamente cuando se muere”.

– Ha dicho que de todos sus poemarios su favorito es El ómnibus pintado con cerezas. ¿Sigue siendo así?

“Sí, ese libro fue y sigue siendo un encandilamiento, algo sorprendente. Ahí comencé a comprender qué era la verdadera poesía. Algo que te domina, que no controlas y que viene de fuera, que a veces no comprendes, pero con el tiempo, si lo estudias, toma forma de suceso verdadero. Es lo que antes decía de esa capacidad premonitoria. En El ómnibus cumplí con ese deseo de evadirme de Canarias por encima de la cordillera de Anaga, pero cuando me atreví a dar el salto, fue tan grande que pasé también por encima de los Pirineos y caí en Suecia. Uno de los poemas de ese libro está dedicado a Suecia, y otro, y ahí lo premonitorio de la poesía, a la caída del muro de Berlín. Ese libro fue escrito en 1971, cuando la idea del derribo era una herejía. Ese libro fue toda una sorpresa, porque destilaba unas ideas impregnadas de belleza donde mi poesía participaba de unos hechos que jamás había vivido en Europa. Me demostró el concepto de universalidad. Al regreso me dio pie para hablar críticamente de las islas”.

– En Silbato de tinta amarilla.

“Sí, silbato como representación de la protesta y el amarillo, por el color de lo nuestro, de lo canario. Pero después de ese salto a Europa con El ómnibus, yo venía muy satisfecho, sintiendo que me acompañaba un bagaje de peso. Sin duda, ese libro me dio la clave de ese nuevo sentido poético, más amplio, más prometeico”.

Nos han aislado y han construido una Canarias que no tiene nada que ver con lo que realmente somos, sin personalidad, sin fuerza. Este progreso que han traído de diez años para acá ha sido engañoso y mimético”.

– Entre ese libro y Fetasyan Sky, su último poemario, hay una depuración en el estilo. Del barroquismo a la simplicidad.

“Sí, pero una simplicidad engañosa. Es cierto que el lenguaje es menos barroco, pero no así el pensamiento. En Fetasyan Sky hay un verso:”El espíritu de San Luis está en el cielo”, que puede parecer de una simpleza tremenda; el lector puede decir: pues sí, y qué. Pero ese espíritu de San Luis es el vuelo de Lindberg, el nombre del avión de Lindberg. En Fetasyan Sky yo recuperaba un tiempo y un lugar perdidos:el Santa Cruz cosmopolita de los años 30″.

– La ciudad, su ciudad, esa que ahora ha abandonado para refugiarse en Bajamar, ha estado muy presente en su obra. Es así en Cerveza de grano rojo o en Fetasyan Sky. Pero es la ciudad de antes. ¿El Santa Cruz de hoy le parece un territorio novelable?

“Jamás. Santa Cruz me parece un sitio aberrante, que ha cerrado todas sus puertas al mar, donde la arquitectura nos es completamente ajena, donde ya no podemos contemplar las torres de la Concepción y San Francisco. Los chicharreros éramos gente con sentido marinero, que esperaba la llegada de los transatlánticos con aquellas extranjeras tan luminosas con sus brillantes Kodak colgadas al cuello. Éramos una ciudad abierta. Nos han aislado y han construido una Canarias que no tiene nada que ver con lo que realmente somos, sin personalidad, sin fuerza. Este progreso que han traído de diez años para acá ha sido engañoso y mimético”.

– En Cerveza de grano rojo narra su juventud junto a la de Isaac de Vega. ¿Cómo siendo personalidades tan distintas, Isaac de Vega tan sobrio y usted tan expansivo, han logrado construir una amistad tan profunda?

“Habría que manejar las claves fetasianas para descubrir que realmente Isaac es el tipo más humorista que existe, y yo soy el hombre más serio que hay y que para ocultarlo hace uso del humor. Pero no somos grandes amigos. En el fetasianismo no hay amistad. Si Isaac se muere, yo no iré a su entierro, y espero que él no vaya al mío. La amistad es esa gente que se llama y que tontea por teléfono; es lo más antifetasiano que hay. Lo nuestro es mucho más profundo; es la médula de un sentido de la existencia. Yo existo, pero existo porque existe Isaac”.

– Usted es un escritor de poesía, paradójicamente conocido por una novela, Mararía, que no es su favorita. ¿Si pudiera volver atrás la escribiría de nuevo?

“Jamás. Nadie conoce a Arozarena más allá de Mararía, una novelita escrita por un joven de 20 añitos que no sabía escribir. Es una mala novela que ha tenido el éxito que ha tenido porque la gente no sabe leer. Si supieran leer verían los valores de Cerveza de grano rojo, donde está la presencia de Joyce, de Proust, de la gran literatura. Para mí Cerveza… es una obra sensacional. De Mararía vas a sacar poca enseñanza, pero lee Cerveza de grano rojo para que aprendas a vivir”.

 

 

Nota: fotografía de Coco Morales

 

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