El sábado quedé con la artista Laura Gherardi para visitar la residencia artística del Museo de Bellas Artes de Santa Cruz. Realmente no sabía qué iba a encontrarme porque reconozco que la falta de estímulos externos comienza a afectarme. No sabía qué es una residencia artística, como tampoco sabía que durante los últimos años la pequeña pinacoteca municipal sufrió un proceso de modernización radical. El responsable de todo esto está en la calle. Cuando Gherardi me recibe en la puerta lateral del edificio, eso tampoco lo sé.

En el pasillo de la primera planta ha extendido cuatro lienzos de tela blanca en los que trabaja simultáneamente. Manitas orando, manitas con estigmas, motivos de la pintura clásica a través del estilo frágil y perecedero de la obra de Gherardi.

De eso trató esta residencia. El Ayuntamiento quiso ver qué salía de la relación entre arte contemporáneo y los fondos del museo y convocó la primera Residencia artística Tarquis-Robayna. Tres meses en un espacio dentro del propio museo, una beca de tres mil euros, mil euros para material y una exposición final. La obtuvo Gherardi con el proyecto ‘Anónimos en el Museo’. Había detectado cuarenta obras sin firma cedidas por la burguesía chicharrera a los fondos del incipiente centro artístico. “Me gustó la idea de comunidad que hay detrás de esto”, explica mientras entramos en el espacio que ha sido su estudio los últimos meses. Es una habitación pequeña, con un ventanal que da al patio interior del edificio. Me apena ver con qué poco se conforman los artistas de verdad, y el desdén con el que se los trata.

Pero Gherardi está satisfecha. La experiencia es impagable. No hizo esta residencia sola. Venía cansada de una exposición individual en la galería Artizar de La Laguna en la que no vendió nada. “Ya nadie vende nada”, así que las residencias artísticas también se han convertido en un nuevo modelo de ayuda a la producción e investigación y en punto de encuentro para los creadores, cada vez más solos por la escasez de exposiciones y concursos. Cada vez más solos por la falta de estímulos externos.

Para el proyecto llamó a cinco artistas de su generación a los que reconoce su “actitud crítica” y “valiente”. “Llevan 30 años en esto, no han triunfado, pero siguen siendo coherentes con su trabajo”. Son Julio Blancas, Antonia Bacallado, Juan Carlos Batista, Sema Castro y Carlos Rivero. Durante tres meses debatieron, discutieron, analizaron las obras del museo, rieron y crearon. Es increíble lo que dan de sí 4.000 euros, un espacio y una buena y moderna idea. (Por cierto, el dinero está sin cobrar y el espacio expositivo todavía no está preparado, pero esto es para otro post).

El resultado es una colección de obras donde interpretan sus incursiones en la colección de anónimos. Antonia Bacallado con una serie de retratos de personajes ilustres, desfigurados por la mirada de la artista moderna; en una de sus obras Sema Castro reproduce una técnica de pintura sobre mármol empleada en uno de los anónimos; Juan Carlos Batista eligió un busto de Galdós que redujo para insertar en cuerpos de geyperman; Carlos Rivero reinterpretó elementos comunes en la pintura de la época: querubines, los ojos de Santa Lucía en una copa; Julio Blancas pasó a grafito lo que antes era óleo y Gherardi trabaja en una pieza que celebra la aportación del anonimato a la creación artística.

“Lo mejor fue habernos reencontrado. Eso no tiene precio. Hablar de que nos cortaron la línea telefónica, de que no tenemos un euro, y poder reírnos porque estamos juntos y seguimos creyendo en lo que hacemos”, me dice.

En la pequeña habitación-estudio, las piezas todavía inconclusas se mezclan con material, bocetos y anotaciones. Hay un ambiente de productividad creativa de bajo presupuesto que resulta bastante esperanzador. Así que le pregunto a Laura Gherardi.

Después de esto, ¿qué?

Después de esto el frío. Gherardi casi no vende. Nunca lo ha hecho. Es una actitud frente a la obra. Sus piezas son difíciles de exponer, frágiles y efímeras. En cinco años ha hecho cinco exposiciones individuales donde no ha vendido nada. “No me importa”. ¿Entonces por qué sigues? “Porque no sé hacer otra cosa. No quiero hacer otra cosa”.

“Yo no me puedo estar callada y mi forma de hablar es el arte”, dice.

Laura Gherardi

Y de qué vive Gherardi. Con 46 años, más de 20 creando y un montón de exposiciones colectivas e individuales, vive de los 400 y pico euros que obtiene dando clases de pintura en un colegio. “No sufro por la pobreza económica, porque siempre he sido pobre. Sufro por la pobreza cultural”. Ay la pobreza cultural.

“Me gusta vivir en la Isla. El paisaje, te hace mirar para adentro, practicas la soledad y la introspección, pero cuando miras para afuera no hay nada que hacer”.

Me explica que ahora que Dulce X. Pérez se ha hecho con el Círculo de Bellas Artes le ha dado por ponerle tema a los mercadillos de arte a los que los artistas acudían para quitarse obra de stock. No sólo les obliga a producir obra específica para esa nadería (gastar dinero que no tienen) sino que les obliga a la genuflexión. En verano el mercadillo se llamo Verano y el artista que no presentaba obras con una paleta lo suficientemente veraniega era rechazado. La próxima se llama Alegría.

¿Alegría? Ah, mira esto, felicidad por decreto como en la dictadura de Tailandia, como en el mundo feliz de Aldous Huxley, como en cualquier distopía, como en esta Isla distópica.

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