Fui una de los 5,2 millones de españoles que vio ayer en Salvados el debate entre Pablo Iglesias y Albert Rivera y supongo que, como ustedes, a estas horas del lunes 19 de octubre ya conocerán todos los detalles: quién ganó, quién perdió, quién lo vio, memes, pifias y quién votará a Podemos y quién a Ciudadanos. Así que no hablaré del debate, que me gustó, evidentemente. Todo lo que suene a quitar mordaza y caspa en este país atrapado en Las Urdes, me gusta.

El debate me sirve como excusa para hablar de Borgen, la serie danesa que mejor refleja cómo debe ser la vida política en una democracia que nosotros ni aspiramos a soñar. Me gusta Borgen. Tampoco creo que eso sea una revelación, la serie ya va por la tercera temporada con 30 capítulos de 1 hora de duración, y se emite en 60 paises, así que debe gustar.

Veo Borgen como la constatación de que otro mundo es posible, como un ejercicio para conocer cómo de flexible puede llegar a ser la democracia. Es verdad que el cargo de primera ministra cambia a Birgitte Nyborg, que los periodistas juegan papeles más que dudosos y que los personajes se van adaptando a unas reglas del juego demasiado firmes para tumbarlas. Pero también lo es que la serie es una defensa feroz de la democracia. Al convertir la actividad política pura y dura en material narrativo, Borgen es una celebración de la vibrante y frágil vida en democracia.

Me gusta Borgen porque los personajes son complejos y contradictorios, mentirosos, frágiles, alcohólicos, abusados sexualmente, paralizados emocionalmente, adictos al trabajo o al poder; algo así como la vida real; y sin embargo, viven en un estado de defensa del entramado de la democracia que los lleva a superar todas esas debilidades para encontrarse y hablar.

Casi toda la serie está formada por encuentros y reuniones. Todos hablan, discuten, debaten en un ambiente de austeridad que choca con nuestra torpe democracia, a la que le gusta la ostentación y el nuevoriquismo. Me gusta Borgen porque cumple a la perfección una de las condiciones que hace que la ficción funcione: la sensación de anhelo, (el universo que recrea la serie es lo que el espectador desearía que ocurriese en su realidad).

Ayer, viendo el cara a cara entre Pablo Iglesias y Albert Rivera en Salvados tuve la misma sensación de anhelo. Y me gustó.

Anuncios