Descubrí a Byung-Chul Han  y a William Gaddis  simultáneamente, hace apenas un mes. Cosas de Internet, buscaba referencias sobre El desmoronamiento, un libro del estadounidense George Parker, “retrato del fin de la cohesión social en EEUU”, dijo la crítica. Me interesó y lo busqué. Y como la red tiene esos momentos donde un error puede acabar en un genial hallazgo, tecleé “el derrumbamiento” en lugar de “el desmoronamiento” y me encontré con una entrevista de El País al filósofo coreano considerado la nueva voz de la, gracias a dios, todavía viva filosofía alemana, Byung-Chul Han.

Cuando acabé de leer la entrevista (extensa y magnífica), viví una de esas epifanías de las que habla Joyce, como revelación o velo caído, y una irrefrenable necesidad de leer a Han.

Tardé un par de horas en acabar La sociedad del cansancio, un libro pequeño de apenas 50 páginas, pero lleno de ideas muy nuevas, reveladoras. Sobre el que hay que volver una, diez, cien veces. El pensamiento de Han se mueve entre Oriente y Occidente. Y esa perspectiva es vivificante y extrañamente lúcida.

Somos sujetos del rendimiento, emprendedores de nosotros mismos; agotados y deprimidos en la perversa sociedad del Yes, we can. “El sujeto de rendimiento ya no puede poder más”, escribe Han. Somos animales reventados y heridos. “La sociedad disciplinaria de Foucault y sus sujetos de obediencia ha sido sustituida por la sociedad del rendimiento”.

La negatividad de la sociedad disciplinaria produce locos y asesinos, la positividad de la sociedad del rendimiento, individuos fracasados y deprimidos.

Leer a Han produce vértigo porque es imposible no admitir como una verdad incontestable frases del tipo: “El sujeto de rendimiento es más rápido y productivo que el sujeto de la obediencia”. En una imagen perturbadora: hemos sustituido la coacción externa por la explotación a uno mismo, que es más potente porque se ayuda del sentimiento de libertad.

Al terminar el libro, la imagen que permaneció durante días flotando alrededor de mi cabeza como un eco triste y sordo fue la de un hombre/mujer doblegado por la idea de fracaso. Solo y perdido en su incapacidad para volver a levantarse. Como Bartleby, el escribiente; el personaje de Herman Melville, a quien Byung-Chul Han analiza desde una óptica nueva.

Para Han, Bartleby contesta a cualquier sugerencia con “preferiría no hacerlo”, no por una especie de nihilismo y vocación de silencio, sino porque está enfermo, tocado, hundido; ya no puede poder más. El escribiente no se reafirma ante la autoridad negándose a actuar, es solo que no puede hacerlo. Aterrador este Bartleby enfermo de apatía y soledad.

Escritor estadounidense, autor de Gótico carpintero.
William Gaddis. Escritor estadounidense, autor de Gótico carpintero.
Y de Han a Gaddis pasando por Parker

Enseguida asocié la idea del desmoronamiento de Bartleby (trabajador gris en la gris Nueva York) con la obra de George Parker que estaba buscando en Internet cuando descubrí a Byung-Chul Han y volví a buscarla, y de nuevo un hallazgo inesperado: William Gaddis y su impresionante Gótico carpintero. Un libro viaje vertiginoso a la fragmentada sociedad norteamericana, acabada, despanzurrada y escrito hace 30 años, en 1985.

Los personajes de Gaddis, vencidos por la sociedad del Capital (hace ya 3 décadas), y otra vez las extrañas conexiones entre libros y escritores, parecen salidos del mundo depresivo y solitario que dibuja Han en la Sociedad del cansancio. Los pobres Paul y Liz son dos sujetos de rendimiento al borde del colapso, o del “infarto psiquíco”, del que habla Byung-Chul Han.

Ella se mueve en un mundo fragmentado, asaeteada por las exigencias de un hermano drogadicto, víctima también, y Paul, un marido apabullante en su obsesiva necesidad de “construir algo”.

Paul habla así: Nosotros estamos tratando de hacer algo, tratando de hacer algo Liz tratando de vivir como gente, de salir de este maldito pozo de vivir como gente civilizada Liz estoy tratando de sacar algo adelante de poder demostrar que le sacamos partido.

Es turbador, estremecedor y una especie de juego gratificante descubrir la trama que forman libros, los personajes y las ideas que en principio no tenían nada que ver. Esas conexiones que una tarde provechosa en Internet te llevan a encontrarte con dos inesperados y magníficos escritores que arrojan un poco de luz para entender estos extraños tiempos que nos toca vivir.

Anuncios